El Nombre de la Rosa (Pt.1)

Umberto Eco. Pags. 394-398

Como durante todo el día había rechazado los pensamientos de aquella mañana diciéndome para mi que eran impropios de un novicio sano y equilibrado, y como, ademas, los acontecimientos habían sido lo bastante ricos e intensoso para distraerme, mis apetitos se habían calmado, de modo que ya me creía libre de lo que solo habría sido una inquietud pasajera. Pero me bastó con ver el libro para decir <de te fabula narratur>, y para comprobar que estaba mucho mas enfermo de amor de lo que había creído. Después supe que cuando leemos libros de medicina siempre creemos sentir los dolores que allí se describen. Así fue como la lectura de aquellas paginas, ojeadas a toda prisa por miedo a que Guillermo entrase en la habitación y me preguntara que era lo que estaba considerando con tanta seriedad, me convenció de que sufría de esa enfermedad, cuyos síntomas estaban tan espléndidamente descritos que, si bien por un lado me preocupaba el hecho de estar enfermo (y en la infalible compañía de tantas auctoritates), también me alegraba al ver pintada con tanta vivacidad mi situación. Y al mismo tiempo me iba convenciendo de que, a pesar de estar enfermo, la enfermedad que padecía era, por decirlo así, normal, puesto que tantos otros lo había sufrido de la misma manera, y parecia que los autores citados hubieran estado pensando en mi al describirla.

Así leí emocionado las paginas donde Ibn Hazm define el amor como una enfermedad rebelde, que solo con el amor se cura, una enfermedad de la que el paciente no quiere curar, de la que el enfermo no quiere curarse (¡Y Dios sabe hasta donde es así!). Comprendí por que aquella mañana me había excitado tanto todo lo que veía, pues, al parecer, el amor entra por los ojos, como dice, entre otros, Basilio de Ancira, y quien padece dicho mal demuestra -síntoma inconfundible- un jubilo excesivo, y al mismo tiempo desea apartarse y prefiere la soledad (como yo aquella mañana), a lo que se suma un intenso desasosiego y una confusión que impide articular palabra… Me estremecí al leer que, cuando se le impide contemplar a objeto amado, el amante sincero cae necesariamente en un estado de abatimiento que a menudo lo obliga a guardar cama, y a veces el mal ataca al cerebro, y entonces el amante enloquece y delira (era evidente que yo aun no había llegado a esa situación, porque me había desempeñado bastante bien cuando exploramos la biblioteca). Pero leí con aprensión que, si el mal se agrava, puede resultar fatal, y me pregunte si la alegría de pensar en la muchacha compensaba aquel sacrificio supremo del cuerpo, al margen de cualquier justa consideración sobre la salud del alma.

~ por mahalokapoeapau en Enero 14, 2009.

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