Cuento (39)

Te levantas y te pones a escribir. Son todo chorradas, pero te gusta hacerlo porque te relaja. Un día te sientes con confianza y te propones escribir una novela. No pretendes ser el nuevo García Márquez ni cambiar a una generación como Kerouac. No. Sólo quieres divertirte, librarte de esa carga que llevas dentro y, por qué no, ver algún día tu libro publicado.

Y escribes. La primera página es difícil, mientras decides el aire que tomará la historia. Pero nada puede pararte. El entusiasmo que sientes mientras escribes es increíble; jamás habías sentido nada parecido. Cuando te quieres dar cuenta son las dos de la madrugada, y al día siguiente tienes que levantarte pronto para ir a la universidad. Repasas lo que llevas escrito. Ni una sola falta de ortografía, ni una tilde fuera de sitio. Son las cinco mejores páginas que has escrito en tu vida.

Durante las clases no dejas de pensar en lo que quieres que les pase a los personajes. Preguntas a tus amigos, a esos que sabes que sólo leen cosas buenas, sobre posibles situaciones, nombres, lugares y todo lo que se te ocurre. Rellenas un folio, dos, tres, todos llenos de notas, de formas de continuar, etc. Y cuando llegas a casa, y sin siquiera releerlo lo escrito, retomas la historia. Escribes otras mil quinientas palabras, aunque más lento que el primer día. Dudas. No sabes cómo continuar algunas cosas. Aún así, el entusiasmo sigue intacto, y cuando estás a punto de irte a dormir, vuelves a leerlo todo y por un momento, sólo uno, piensas que hasta puede ser un buen libro. Te metes en la cama y tardas en dormirte mientras das vueltas a la historia. Te notas hasta con más ganas de ir a clase sólo por poder seguir escribiendo.

Vuelta a la universidad. Empiezas a tener clases más duras y comienzas a dejar aparcados los folios con la continuación y las ideas que te da todo el mundo. Y aquella hora libre que antes habías dedicado a escribir, hoy la usas para irte a la cafetería a echarte un mus y unas cervezas con tus amigos. Sin embargo, en ningún momento dejas de pensar en tu libro. Lo tienes entre ceja y ceja y te dices que, aunque no lo apuntes, tu propia vida y experiencias diarias pueden servirte para tus personajes, y, al igual que los días anteriores, al llegar a casa abres el archivo en que estás escribiendo listo para continuar. Pero te cuesta mucho. Y relees lo ya escrito hasta cuatro y cinco veces tratando de que la inercia te lleve al siguiente párrafo. Y al final del día tan sólo has escrito una página, y casi toda basada en diálogo intrascendente. “Un mal día lo tenemos todos, mañana volveré con más energía, que hoy ha sido un día duro”, te dices. ya no das tantas vueltas en la cama pensando.

El despertador suena pero pasas de él. Y cuando te quieres dar cuenta ya llegas tarde. Vas con prisas. En toda la mañana ni siquiera has recordado que estás escribiendo un libro y mientras vas en el metro volviendo a casa sólo piensas en echarte una siesta, o en verte una serie online. Pero algo te hace recordar tu libro, y tras encender el ordenador y ver el archivo con él, lo abres, y lo lees. Empiezas a ver cosas que no te gustan y lo retocas aquí y allá. Sin embargo, al ir a apagar el ordenador, decides no guardarlo, porque no será “tan natural”. Dos minutos después, ni recuerdas qué decían esos cambios. Y la historia no avanza más en tu cabeza.

Pasan las semanas y no abres más el libro, aunque de vez en cuando lo recuerdas y piensas cómo seguirlo aunque sin escribir nada. Te recuerdas que sólo lo haces para divertirte, y si suena, que suene. “No se puede decidir cuándo escribir”.

Un año después el libro tiene veinte páginas, las mismas en que se quedó hace once meses y tres semanas. Lo lees y sonríes. “Tengo que retomarlo”. Y, sin saber cómo, vuelves a escribir en él. Un párrafo, dos, tres. Todo fluye. Tu mente se convierte en un torrente de ideas y, tras una páginas nueva escrita, guardas y abres un documento nuevo.

Vuelta a empezar.

~ por Dan Lorba en 5 octubre, 2011.

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