Cuento (43)

El tiempo pasa despacio. La gente dice que no, que vuela, pero es una chorrada. Sólo una vez que ha terminado el día, ves que ha sido corto, pero no que haya pasado rápido. Las horas que van desde el desayuno a la comida pasan ante nuestros ojos tan lentas que las tratamos de llenar con los sonidos de la radio, la televisión, la música, o con lecturas de periódicos y libros, pero aún así cada vez que miramos al reloj que hay sobre la mesa vemos que no ha llegado aún el momento de sentarnos a comer. Y cuando al fin llega, comemos a una velocidad que nos lleva tan rápido al siguiente intervalo de tiempo, el que va hasta la cena, que es sin ninguna duda el más duro de sobrellevar. Miramos la pantalla del ordenador, una serie, una película, alguna red social, volvemos a los libros… Ni siquiera el sueño de eso llamado siesta nos permite aumentar la velocidad a la que pasa el tiempo. No es hasta después de cenar que nos damos cuenta que hemos malgastado tontamente el resto del día, el resto del tiempo que tan lento ha pasado y que tanto nos ha hecho sufrir. Pero ya es demasiado tarde. La noche te lleva sin que te des cuenta a un estado en que pierdas la necesidad de trabajar, y te dices que ya mañana lo harás. Y la noche pasa lenta, sin poder dormir, dando vueltas y vueltas, mirando el techo un rato, mirando por la ventana el siguiente.

Y poco a poco, la hora del desayuno ha vuelto a llegar.

~ por Dan Lorba en 1 noviembre, 2011.

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