Cuento (46.1)

Os voy a contar una historia. Una pequeña historia acerca de un mechero, una chica y un suicidio.

Todo comenzó cuando tenía dieciocho años y conocí a una chica. Y me encantó desde el primer momento. Era guapa, graciosa, y joder, yo le gustaba, que es lo más raro de todo. Salimos durante casi dos años y no dejamos nunca de hacer cosas. El único problema eran sus amigas. Nunca me aceptaron, y se pasaban el día metiendo leña contra mí: que si era un gilipollas, que si sólo pensaba en el sexo (¡si apenas lo habíamos hecho tres veces en todo ese tiempo!), y ese tipo de cosas que se dedican a decir las chicas sobre los novios de sus amigas.
Sea como fuere, llego un día en que decidió dejarme. Pero no sin antes mostrarme, sin querer (o eso he querido creer siempre), cómo se iba con otro chico agarrada de su mano y dándose lo que cualquier persona que los viera por la calle calificaría como beso precioso (y yo, viéndolo de forma objetiva, también lo pensaría). Y eso me destrozo, obviamente.
Fue una vez que se había largado cuando me di cuenta que había perdido todo lo que tenía. Las clases iban de mal en peor, había suspendido todas las asignaturas de la carrera. Mis padres me habían echado de casa. (Claro que de esto último no me había enteré hasta que llegué a casa y vi mis cosas en el pasillo de entrada. No hizo falta ni que mis padres me dijeran nada. Es más, no lo hicieron. Ni siquiera se levantaron del sofá). Y todos mis amigos se habían alejado de mí por culpa de mi novia. (Esto tampoco lo descubrí hasta que me fui de mi casa y traté de que alguno me acogiera en la suya; ninguno me cogió el teléfono. Miento. Mi mejor amiga me lo cogió, y me mandó a la mierda).
Así que ahí estaba yo, andando en mitad de la noche con una mochila llena de ropa y ningún lugar a donde ir.
Finalmente conseguí quedarme en el sofá de casa de uno de mis amigos de clase, que está vive con otros tíos. Eso sí, después de llamarle unas quince veces a partir de las doce de la noche.
A la mañana siguiente pasé de ir a clase y me fui a dar una vuelta. Eso sí, la mochila con todas mis cosas la dejé en casa de mi colega, que así por lo menos tenía un lugar al que volver (amén de que así no podría largarme rápido). Mientras iba andando me paré a reflexionar sobre lo que me estaba pasando, y llegué a una conclusión: estaba bien jodido. Por todos lados. Me encontraba completamente solo, abandonado por todo el mundo. Y obviamente era mi culpa. Sin saber por qué entré en un estanco y me compro un paquete de Marlboro y un mechero. Es la primera vez en mi vida que compraba nada de esto. Y la segunda vez que fumo nada (con quince había tenido mi única experiencia con los porros y decidí no volver a probarlos). Mientras iba andando encendí el primer cigarro de mi vida. Y me dio asco. (Incluso ahora, pasado el tiempo, es pensarlo y darme asco el sabor en la boca). Continué andando y pseudo-fumando durante todo el día, lamentándome de mí mismo, sin comer nada y bebiendo sólo una Coca-Cola a media tarde. Y cuanto más andaba más claro lo veía: no servía de nada. ¿Qué podía ofrecer al mundo un chico de veinte años que está completamente solo y deprimido? Nada, obviamente. ¿Y qué es lo mejor que se puede hacer entonces? Efectivamente, suicidarse.

~ por Dan Lorba en 9 noviembre, 2011.

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