Cuento (46.2)

Primera parte

Y a ello fui. Primero me metí en una papelería, arranqué un par de hojas de un cuaderno y robé un boli para poder escribir mi nota de suicidio. No escribí demasiado, ni di muchas razones para ello. Sólo que si estaba triste, solo y esas chorradas, ocultando la verdadera razón: tenía miedo. En cuanto la terminé me la guardé en el bolsillo y me dirigí al clásico lugar para suicidas: el Puente de San Mateo.
Cuando llegué eran más de las doce de la noche, pero aquello estaba lleno de gente borracha. (He de decir en este momento para todos aquellos que no vivan en mi misma ciudad, que ese puente es uno de los más clásicos lugares para beber que tenemos, ya que está todo rodeado de zonas verdes y lo suficientemente lejos de las casas como para que estas se cabreen y llamen a la poli). Aún así cuatro niñatos borrachos no iba a joderme mis planes, así que me senté en el puente, con las piernas colgando, esperando. ¿A qué? Pues aún ahora no sabría responder. Supongo que el que está realmente convencido de suicidarse no duda y se queda pensando en ello, si no que llegan y se tira. O aprietan el gatillo. O engullen las pastillas. O como sea que se suicide la gente.
Así que ahí estaba, sentado en el Puente Suicida, cuando la vi. Estaba con el chico ese por el que me había dejado, borracha como una cuba. Y no, no tuve ninguna epifanía acerca de lo bonita que es la vida y todas esas tonterías. Verla no hizo más que aumentar mis ganas de tirarme.
El problema vino al ponerme de pie para saltar. Empecé a rebuscar por los bolsillos de mi pantalón en busca de la carta. Pero no estaba. En los bolsillos sólo estaba el paquete de tabaco, vacío a excepción del mechero, que había comprado por la mañana y la cartera. Ni rastro de la carta. Así que pegué un salto y bajé del puente, y con el mechero encendido, quemándome los dedos, me puse a buscar la carta. Pero era imposible. Y lo que jamás se me pasó por la cabeza fue tirarme sin decirle al mundo el por qué. Tampoco se me ocurriría el volver a escribirla. Así que lo que hice fue volver por donde había llegado, sin dejar de mirar al suelo, buscando. Y llegué a casa de mi amigo, y me acosté en su sofá. Por la mañana volvía casa de mis padres y les pedí perdón. Mi madre lloró y mi padre por poco no me soltó una hostia, pero me dejaron volver.
Esa misma noche volví al Puente. Otra vez estaba allí con el tío aquel. Y cuando me senté la vi. Es inconfundible mi forma de doblar papeles así que la cogí e iluminé con el mechero. Alguien había tachado algunas partes de la nota. Estaba claro que había sido mi ex. Supongo que me vio cuando me puse de pie e hice el gilipollas rebuscando por los bolsillos. Y no sólo había tachado cosas, si no que también había escrito una cosa: “no te atreveras. no tienes valor. por eso te deje”. Esa frase es la que más me dolió de toda nuestra relación. Y las que más me alegró. En dos años saliendo juntos jamás había visto su letra. Duele que digan esas cosas de uno mismo, pero más duele ver esas faltas de ortografía. Así que cogí el mechero y quemé la carta.

~ por Dan Lorba en 9 noviembre, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

 
A %d blogueros les gusta esto: