Cuento (49)

Giras a un lado. Al otro. No puedes parar de dar vueltas mientras tratas de coger la postura. No dejas de sudar. Sabes que la fiebre te está subiendo y que el sueño no se acerca. Sigues girando. Lo intentas también boca abajo, pero te agobias muy rápido. Y boca arriba no puedes respirar. El agobio se cierne sobre ti y te acabas levantando. Miras por la ventana, pero ya están todas las luces apagadas. Tratas de ir a la cocina para beber un vaso de agua, pero tus pasos se vuelven más torpes y pesados con cada zancada.Apoyándote en la pared consigues salir de la habitación y arrastrarte por el pasillo hasta la cocina.
Y es al entrar en ella y sentir el frío suelo de mármol cuando, sin saber ni cómo ni por qué, parece que todo el mal se ha desvanecido. Cada vez te sientes más fuerte. Te bebes no sólo un vaso, si no una botella entera de agua. Y mientras lo haces vuelves a mirar por la ventana, y ya no están todas las luces apagadas. En el primero se ve la luz del baño encendida y en el quinto es la de la cocina. Te sorprende que haya gente levantada, hasta que te das cuenta de que también es tu hora de levantarte. Y piensas que no es que la fiebre no te deje dormir, es que te ha despertado en el momento justo. Así que te duchas, te vistes y sales de casa. Cada vez con más energía. Apenas recuerdas que hace un rato te retorcías de dolor por la fiebre.
No paran de pasar coches, pero no se ve a nadie caminando. En el metro tampoco ves a nadie, pero apenas te fijas en eso.   Es al llegar al trabajo cuando empiezas a notar que algo no va bien. La oficina está abierta como cada día, los ordenadores todos encendidos y la impresora sacando hojas sin parar. Incluso en la sala de descanso el café parece recién hecho. Lo único distinto a los otros días es que no hay nadie trabajando. Pero los ordenadores siguen encendidos. Y la impresora funcionando. Del despacho del fondo sale música bastante alta, y al pasar por el baño se oye la cisterna sonando.
Empiezas a tener miedo. Sales corriendo de allí. Quieres volver a casa. Y corres. Cada vez más rápido. Te dices que, si no fuera imposible, serías como Flash. Y, de repente, estás en la puerta. Oyes jaleo dentro, y te relajas. Pero te asustas al darte cuenta de que no has usado la llave para abrir y sin embargo estás dentro. Por fin ves a alguien. Es tu madre. Está sentada en el cocina, con la mirada perdida. No la dices nada, por si acaso. Vas directo a tu habitación. Y al entrar te ves. Tumbado en la cama, boca arriba, con los ojos cerrados.
“Todo ha sido un sueño. Una experiencia extracorporeas de esas”.
Lo piensas. Una y otra vez. Incluso te tumbas sobre ti mismo para tratar de volver en ti y despertar. Pero no pasa. Giras a un lado y a otro. Pero tu cuerpo sigue ahí quieto, boca arriba. Te tocas la frente y ya no quema. Ahora estás frío.

~ por Dan Lorba en 21 noviembre, 2011.

Una respuesta to “Cuento (49)”

  1. De los mejores sin duda, Dan =).

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