Cuento (51)

Cada mañana la veo pasar. Mientras tomo un café la veo correr por delante del gran ventanal. Siempre corriendo; siempre tarde.
Día tras día me engaño a mí mismo al decirme que, si no fuese corriendo, si tan solo un día pasara unos minutos antes, sin prisas, el que correría sería yo para hablar con ella.
Trato de reunir el coraje necesario durante meses, pero lo máximo que consigo es mirarla ligeramente y sonreírla cuando pasa.
Los meses siguen pasando, los abrigos y bufandas vienen y se van en un suspiro cuando al fin empieza a fijarse en mí y a responder a mi sonrisa con la suya propia.
Y es en ese momento, al ver sus pómulos hincharse, sus ojos abrirse y sus dientes asomarse cuando sé que jamás me levantaré de mi silla para hablar con ella porque nunca existirá un mejor momento entre nosotros que ese.

~ por Dan Lorba en 13 mayo, 2018.

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